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La sociedad que siembra miedo recoge decadencia.
Es obvio que a las fuerzas vivas no les interesa lo más mínimo que la sociedad sea potente y fuerte: ya no la podrían manipular y entonces ¿quiénes les votarían o les obedecerían? ¿Sobre qué hombros apoyarían su sillón y su cuenta corriente? Siempre he pensado que sería indispensable y obligatorio que a cada candidato a gobernante se le hiciese previamente un test de personalidad, un examen para calibrar su nivel de cultura y sabiduría, espiritualidad y liderazgo no manipulativo y un test de valores y perfil psicológico. ¿A que nadie se atreve a pasarlo? Me apuesto lo que quieras.
El miedo tiene su lado práctico: gracias a los miedos de la gente viven las religiones, las sectas, los gangsters, la mafia, los militares, los fabricantes de armas, los ejércitos y las compañías de seguros: todo el montaje de nuestro sistema económico se apoya en el miedo, en una sociedad educada desde la desconfianza, la inseguridad personal y la impotencia. Lo más asombroso es que a nadie le preocupa. Lo toman como algo natural. Y siempre hay quien se aprovecha y se beneficia de ello.
El miedo nace de la desconfianza en la vida, en Dios y en uno mismo, creando un sentimiento de incertidumbre ante el futuro, que nos impide vivir el presente sosegadamente, con fuerza, valentía y entusiasmo, es decir, en estado de recursos. El miedo nos hace inútiles, débiles, dependientes, cobardes, incapaces de reaccionar adecuadamente, nos impide vivir experiencias gratificantes y nos convierte en impotentes marionetas. Patético.
"[...] De este modo se ganó a las gentes miedosas, que son los adeptos más entusiastas de toda nueva fe."F. Nietzsche - "Aurora.72"
¡A los manipuladores sociales les encanta! Y a los delincuentes, y a los militares, y a los terroristas, y a los traficantes de armas y de drogas...
Gerardo, gerente de una empresa, persona respetable, de mediana edad, sentía pánico a subir en avión, sin que nunca le hubiese ocurrido nada para ello puesto que jamás había subido en avión. Del mismo modo tenía miedo a hablar en público, se ponía nervioso ante un grupo de personas, temía a la oscuridad y no sé cuantas historias más que había aprendido para conseguir estar mal. Cuando investigamos sus miedos, resultó que todos los había heredado, es decir, aprendido de su madre. A él personalmente nunca le había ocurrido nada para generar esas respuestas.
Simplemente su madre, junto con todo su amor, le había traspasado todos sus miedos y en las dosis correctas para inmovilizar el poder de su hijo: miedo a salir a la calle por si le podía pasar algo, miedo a los demás por si le podían hacer daño, etc. Le había hecho el peor regalo que puede hacérsele a un hijo. O a cualquier persona.
El miedo paraliza. La precaución salva.
Otro simple ejemplo. Veo a muchas madres que pasean por la calle con sus hijitos y que cuando se aproxima un perro, el niño se acerca, quiere tocarlo, jugar, ver qué es eso, descubrir; pero no, inmediatamente la madre le dice "¡cuidado que ahí viene un perro, ven aquí, no te acerques!" Y ya tenemos la enseñanza: perro = peligro. Es decir, la madre tiene miedo a los perros o a lo que sea, y da por hecho que eso es normal y que, sobre todo, su hijo ha de tener los mismos miedos que ella. Y son los nefastos aprendizajes infantiles los que sembrarán de escollos la vida del adulto.
Gracias a las santas madres y sus miedos, viven muy bien los psiquiatras, los psicólogos, los terapeutas, los médicos,... y eso sólo con los que deciden curarse. Los que no, mal que bien, por ahí andan cargando con sus miedos a cuestas.
Hay quienes, en eso de tener miedos, rozan la genialidad. Perla, una atractiva universitaria, de unos 40 años, goza de todo tipo de miedos: miedo a la soledad, miedo a la gente, miedo a la noche, miedo a los perros, miedo a cruzar la calle, miedo a las tormentas, miedo a los ruidos, miedo al cambio, etc. No sé si son heredados o propios, pero no se priva de ninguno. En una ocasión, en que regresaba a casa conmigo en mi coche, me rogó que no pasase por un determinado lugar, y para mi asombro, me dio tal cantidad de razones imaginarias, de cosas que podían suceder, que podría haber escrito el guión de una película de terror al más puro estilo Hitchcock. Y el caso es que en los más de treinta años que vengo pasando diariamente por dicho lugar, a cualquier hora del día o de la noche, jamás en ningún momento pensé en ni una sola de sus negativas fantasías. Y sigo pasando por el mismo sitio y sigue sin pasarme nada, por supuesto.
Sus miedos le cuestan dinero porque incluso se ha cambiado de domicilio para irse a vivir a un horroroso edificio colmena y estar segura de que siempre habrá alguien cerca por si a ella le pasa algo. Con tanta gente alrededor, desde luego tiene muchas probabilidades de que algo le pase. Lo malo del caso es que no hace nada para curarse sus miedos e incluso alardea de ellos sin el menor decoro ni pudor, como algo común socialmente correcto.
Es como si estuviese diciendo "¡aceptadme, mirad que mal lo hago, soy una de vosotros!". Ante mi cara atónita, al ver a una persona inteligente y adulta diciendo esas cosas, me dijo como lo más normal del mundo: "pues muchísimas personas tienen más miedos que yo", como si eso lo justificase todo. Yo me quedé perpleja, sobre todo porque tener más miedos que ella es realmente una proeza, pero me consta que ella sí debía conocer a esas personas, sobre todo por aquello de que "Dios las cría y ellas se juntan".
"Cuando elegimos vivir en el miedo en lugar de en el amor, reforzamos la armadura con angustias, aburrimiento y sospechas."
Robert Fisher - "El Caballero de la armadura oxidada"
Me resulta muy penoso ver a seres humanos que han nacido perfectos y libres, y se supone que inteligentes, esclavizados y víctimas de sus propios miedos gratuitos. Vivimos en una sociedad basada en el miedo, aunque parezca imposible que el Ser Humano pueda vivir en ella, pero así es.
Es muy sencillo; todo depende de cómo tengamos etiquetadas las cosas, las sensaciones, las emociones, el mundo, la vida. El precio es el mismo, el resultado no. El ejemplo siguiente es una prueba más de ello.
"Esas sensaciones, que Carly Simon denominó "el sobresalto del escenario", le impidieron actuar en directo durante años. Bruce Springsteen, por otra parte, experimenta la misma clase de tensión en el estómago, pero con la diferencia de que él etiqueta estas sensaciones como "excitación." Sabe que está a punto de tener una experiencia increíblemente poderosa en la que va a entretener a miles de personas y lograr que les encante. Apenas si puede esperar a salir al escenario. Para Bruce Springsteen, la tensión en el estómago es un aliado; para Carly Simon es un enemigo."
Anthony Robbins - "Controle su Destino"
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